Otro fantasma recorre Europa

(Columna de Sergio G. Eissa)

El clivaje no es ya izquierda o derecha sino adentro o afuera de los beneficios y miserias del capitalismo global.

En el trabajo “Globalización y conflictos”, publicado por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Angel Tello sostiene que “la religión (…) contribuye a la resolución de la angustia existencial básica de los seres humanos (…). Por otro lado, actúa como elemento de cohesión de las sociedades en el sentido que Hegel le da a la religión del pueblo, estableciendo normas morales y éticas de convivencia y otorgándole un sentido a lo colectivo”. Al ser desplazada la religión no solo como fuente de legitimidad política, sino también como elemento que le da sentido a la vida humana, la comunidad imaginada (Benedict Anderson), el nacionalismo, ocupó su lugar como amalgama de lo colectivo.

De esta manera, los nacionalismos de fines del Siglo XIX, como bien analiza Hobsbawm, surgieron en un mundo que estaba cambiando y la construcción de esa comunidad imaginada resultó esencial para sociedades que estaban perdiendo sus tradiciones y sus costumbres en mano de la modernidad. La construcción de esa comunidad también necesitó de la construcción, valga la redundancia, de un “otro” que fuera mi enemigo, que amenazara mi existencia.

La globalización, que es más que una nueva fase en la internacionalización de la economía, y el fin de la Guerra Fría, introdujeron más elementos de incertidumbre en el mundo y en la vida cotidiana de los seres humanos. Los cambios económicos no se reducen a un aumento del comercio internacional, a una preponderancia de los flujos financieros, a las transformaciones en las formas de producción que promovieron la relocalización de empresas hacia regiones de bajos salarios, sino que también provocaron movimientos migratorios masivos desde los países más pobres hacia los países centrales. Una consecuencia de este proceso es no solo el carácter cosmopolita de las grandes capitales europeas, sino también, al decir de Hobsbawm, que terminó acabando el trabajo iniciado por las guerras mundiales del Siglo XX: Estados-Nación homogéneos étnicamente.

En esa globalización y las integraciones regionales, que surgieron o se relanzaron a principios de los años ´90 para navegar las aguas turbulentas de este nuevo escenario internacional, estuvo ausente la política democrática. Como señala Manuel Garretón, la moneda única, las barreras arancelarias y los ajustes fiscales fueron implementados sin políticas democráticas, afectando a pueblos que vieron achicarse su horizonte de calidad de vida. Es paradójico que sea la política a través de mecanismos de democracia directa la que esté socavando esos proyectos ausentes de política democrática.

Paralelamente, el mundo que había vivido bajo la certeza de la Destrucción Mutua Asegurada (DMA) que logró evitar un enfrentamiento directo entre las dos grandes superpotencias durante la Guerra Fría, trasladó los conflictos hacia los límites difusos de los grandes bloques y mantuvo las fronteras del mundo (Hobsbawm).

El fin de ese período produjo dos efectos, al menos. En primer lugar, la explosión de conflictos internos que habían sido “contenidos” por las dos superpotencias y cuyos orígenes religiosos, étnicos, se enraizaban en el caprichoso trazado de fronteras durante la época de los grandes imperios coloniales. Esto se tradujo en un auge del “intervencionismo humanitario” donde países desarrollados, ex potencias coloniales, intervenían –con diferentes argumentos, justificados o no, en países devastados por esos conflictos– provocando odios, resentimientos y miles de refugiados que buscaban ya no lugar donde no pasar hambre, sino uno en el cual no perder la vida: los países desarrollados que habían provocado sus calamidades.

En segundo lugar, ese contexto de incertidumbre, donde el enemigo tradicional, “el perro comunista”, había desaparecido, fueron construidos otros “otros” a quienes identificar como fuentes de esas amenazas al trabajo, al ser nacional, a la seguridad, a la vida: el terrorismo islámico, el narcotráfico, la inmigración, los refugiados, entre otros.

Hace unas semanas, los sectores obreros y de clase baja del Reino Unido decidieron, frente a la cosmopolita Londres, que había que dejar la Unión Europea (UE). La inmigración y los refugiados, la lejanía de una Bruselas que impuso reglas que afectaron sus vidas cotidianas sin que ellos los hubieran votado y una Alemania fortalecida fueron identificados como nuevas amenazas frente al “ser inglés”. Había que defender la comunidad imaginada. Como contrapartida, el ser nacional escocés, que durante centenas de años contrabalanceó el poder inglés apoyándose en Europa continental, busca ahora la reconstrucción de su Estado Nacional buscando refugio en la UE.

El demonio desatado por los países desarrollados con sus guerras punitivas en Irak, Libia, Afganistán y Siria emerge de sus subsuelos y se fortalece nacionalismos latentes que pueden o no constituirse en formaciones políticas. En este contexto, otro fantasma recorre Europa: la inestabilidad política. Así, los políticos moderados buscan captar a esa población descontenta y toman decisiones para no perder a sus tradicionales votantes. Como cuando el Primer Ministro británico David Cameron, para no perder votos en manos de la UKIP, prometió la convocatoria a un referéndum para que la población decidiera si permanecía o no en la UE. La salvación de hace dos años se convirtió en el actual salvavidas de plomo para su carrera política.

Mientras el Reino Unido sale de la Unión Europea, Escocia buscará salir del viejo y cansado Imperio Británico para buscar seguridad en esa Unión que ingleses y griegos detestan. El clivaje no es izquierda-derecha. Paradójicamente, es adentro o afuera de los beneficios y miserias de ese capitalismo global. Los nacionalistas lo saben, ¿lo sabrán los políticos moderados? ¿Buscarán implementar políticas que incluyan a la población y no que la empobrezcan mas como ya sucedió en Grecia?

¿Qué le espera a Argentina? Un mundo más complicado política y económicamente. El pedido de protección de los trabajos, de sus industrias y de sus granjeros europeos tornará difícil avanzar en un acuerdo entre el MERCOSUR y la UE. La inestabilidad económica del Viejo Continente le permitirá a Estados Unidos consolidar y extender su acuerdo de libre comercio entre las Américas y el Pacífico. Frente a este horizonte, el multilateralismo se impone cuidando y mejorando el funcionamiento del MERCOSUR y, en paralelo, construyendo o fortaleciendo lazos económicos con los países del Pacífico y con África.

Finalmente, nuestro país tiene la oportunidad de buscar fórmulas creativas con el tema de Malvinas, inescindible estratégicamente del Atlántico Sur y de la Antártida. Debe tenerse en cuenta a los isleños, nuestro país debe ser una fuente de oportunidades para ellos. ¿Qué podemos ofrecerles para satisfacer sus intereses y para que preserven su pequeña comunidad imaginada? Depende de nosotros.

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