Gran Bretaña: renovación conservadora

(Columna de Tomás Múgica)

El resultado del referéndum en el Reino Unido produjo un cimbronazo político del cual no quedaron excluidas las conducciones de los partidos tradicionales.

Tras las semanas de incertidumbre que siguieron al triunfo del Brexit en el referéndum del 23 de junio, comienza a aclararse el panorama político de Gran Bretaña que tiene una nueva Primer Ministro. Tras una lucha breve pero intensa al interior del Partido Conservador (o Tory), Theresa May, Ministra del Interior (Home Secretary) desde hace seis años, ha sido nominada líder del partido y por tanto, dado que los conservadores son mayoría en el Parlamento, sucesora de David Cameron. Asumió su cargo el 13 de julio.

Si un Primer Ministro renuncia antes de que concluya el período legislativo de cinco años, las reglas del parlamentarismo británico no exigen nuevas elecciones. Basta con que un nuevo candidato reciba el apoyo del partido que tiene la mayoría en el Parlamento para que sea nominado como Primer Ministro. Así sucedió con el conservador John Major, quien sucedió a Margaret Thatcher en 1990, y con el laborista Gordon Brown, quien tomó el lugar de Tony Blair en 2007. En principio, May iba a competir por el liderazgo conservador con Andrea Leadsom, Ministra de Energía, en una elección interna a la cual estaban convocados los 150.000 afiliados tories; la renuncia de Leadsom, el 11 de julio, hizo innecesaria la elección y allanó el camino a May.

Además de Leadsom, en el camino quedaron Boris Johnson, ex alcalde de Londres; y Michael Gove, Ministro de Educación. Todos ellos apoyaron la salida del Reino Unido de la UE. Johnson, uno de los referentes de la campaña del Brexit -junto a Nigel Farage, el notoriamente xenófobo líder del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP)- se perfilaba como el candidato más fuerte a suceder a Cameron. Pero renunció a su candidatura pocos días después del referéndum. May, en cambio, se pronunció a favor de la permanencia en la UE, aunque sin asumir un rol protagónico. Ahora deberá liderar la salida.

Si entre los conservadores la lucha ha sido dura, entre los laboristas (Labour Party) las cosas no van mejor. Aunque desde su elección como líder laborista en septiembre de 2015 nunca pudo afirmar su autoridad en el partido, después del referéndum recrudecieron los cuestionamientos contra Jeremy Corbyn. Al menos de parte del establishment del Labour: el 29 de junio, 170 de los 230 diputados laboristas votaron una moción de censura no vinculante contra el líder partidario. Muchos dirigentes creen que su discurso – cercano a las banderas tradicionales de la izquierda y crítico de la “tercera vía” impulsada por Blair y Brown (1997-2010)- es demasiado radical y representa un obstáculo para que el laborismo vuelva al poder. Cuestionan, además, su falta de entusiasmo en la campaña previa al referéndum. Efectivamente, como May entre los conservadores, Corbyn fue un apático partidario del remain: defiende a la UE, pero demanda del proyecto europeo más justicia social y menos sumisión a los intereses financieros. A pesar del cuestionamiento de los dirigentes, Corbyn cuenta con el apoyo de los sindicatos y de una importante base de votantes, que entienden que la socialdemocracia á la Blair sirvió para permanecer 13 años en el poder, pero a costa de desdibujar la identidad del laborismo. Lo cierto es que Corbyn deberá someter su cargo a una nueva votación de los afiliados.

Por el momento, a May y a Corbyn les basta con sus dificultades internas. Aunque una elección anticipada no está descartada -podría ser un instrumento que permita a May obtener un mandato firme para encarar las negociaciones de salida con la UE- la nueva Primer Ministro ha señalado que la próxima elección deberá tener lugar en 2020, cuando finaliza el actual período legislativo.

EL CONSERVADURISMO EN LA ERA DE LA DESIGUALDAD

¿Cuáles son las implicancias de la elección de May en términos de política doméstica e internacional? En primer lugar, May se perfila como más progresista que Cameron en su visión económica y social. Durante su breve campaña por el liderazgo, destacó la importancia de reducir la desigualdad y prometió atacar la evasión impositiva, limitar los recortes de impuestos a las grandes corporaciones y dar representación a los trabajadores en los directorios de las empresas. Necesitamos, dice May, “un gobierno que funcione para todos, no para unos pocos privilegiados”.

Su discurso, con resonancias del socialista Ed Miliband (que perdió la elección contra Cameron en 2010) no es casual, sino que responde a un clima de época. La derrota del remain no puede ser explicada como una simple expresión de chauvinismo y xenofobia – que por cierto existen; también se trata de una manifestación de malestar por parte de amplios sectores –típicamente blancos de clase trabajadora- disconformes con la creciente desigualdad. Está claro que ese malestar no se limita a Gran Bretaña, sino que se extiende en Estados Unidos y otros países desarrollados. Trump y Sanders, y el propio Corbyn en el Reino Unido, forman parte de este fenómeno. Más allá de los obligados paralelismos por ser la segunda mujer que se convierte en Primer Ministro, no hay lugar para otra Thatcher – esto es para agresivas políticas pro-mercado- en la política británica.

Segundo, en cuanto a la salida de la UE, podemos esperar que se concrete –May ha dicho que “Brexit significa Brexit”- pero sin que ello signifique un aislamiento de Gran Bretaña respecto al resto de Europa. Más allá de cierto catastrofismo mediático, está claro que los lazos políticos y económicos con el continente son lo suficientemente densos como para que los cambios sean limitados. Bastan algunos datos para entender esto. El Reino Unido, la segunda economía europea detrás de Alemania, recibe el 13% de las exportaciones de la UE y le envía el 45% de sus ventas externas. Londres es la capital financiera de Europa. Junto a Francia, Gran Bretaña es uno de los dos estados europeos con armas nucleares y pertenece, como el resto de Europa, a la OTAN. También como Francia, posee un asiento permanente en el Consejo de Seguridad.

Estos vínculos no se desvanecen por el resultado de una elección. May lo entiende, ha señalado su intención de que Gran Bretaña obtenga el mayor acceso posible al mercado único, y es probable que logre buenas condiciones. La mayor amenaza a ese acceso es la posición británica en cuanto a la inmigración. May es considerada un halcón en este tema, y el control de la inmigración fue uno de los principales temas de la campaña proBrexit. Pero para dar pleno acceso a su mercado –como lo hace por ejemplo con Noruega y Suiza- la UE no admite restricciones a la circulación de personas. En los próximos meses sabremos qué grado de flexibilidad tienen ambas posturas.

Tercero, May buscará atraer a los nacionalistas de Escocia e Irlanda del Norte, territorios en dónde ganó el remain. El gobierno escocés, en manos del SNP (Partido Nacionalista Escocés), se muestra activo en su postura de convocar a una consulta sobre la independencia y de permanecer en la UE. May deberá alcanzar un acuerdo con la UE que sea atractivo para ellos.

El nuevo gobierno británico tiene un difícil camino por delante. Necesita concretar el Brexit de la manera menos traumática posible. Pero sobretodo debe responder al malestar de amplios sectores de la sociedad británica. El juego democrático nos recuerda, aún con sus costados más oscuros –como los discursos xenófobos- que la globalización de los mercados deberá ser más inclusiva si quiere perdurar.

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