Daños sin control

(Columna de Néstor Leone)

El caso López golpeó duro al kirchnerismo. Apuntes sobre su futuro incierto y los realineamientos posibles en el peronismo.

1. GUARDIA BAJA Y EN RETROCESO. La detención de José López, exsecretario de Obras Públicas de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, que tuvo mucho de cinematográfico y un impacto enorme con secuelas todavía imprevisibles, llegó en un momento de cierto rezago para el Frente para la Victoria. Tendencial y acorde con la nueva dinámica política. Para nada definitivo, por entonces. Es cierto, del acto multitudinario de final de mandato en Plaza de Mayo, Cristina pasó a otro de dimensiones también importantes en Comodoro Py. Pero estaba atravesado por una impronta más defensiva, atada a la capacidad de movilizar a miles en las calles, aunque deudora también de la pérdida de espacios institucionales relevantes en las distintas instancias del Estado y en la propia estructura del peronismo. Ante la fragmentación creciente del escenario político y ante los cuestionamientos implícitos a su liderazgo, la exmandataria pretendía apelar a la rearticulación inorgánica de un frente ciudadano para reposicionarse en el escenario nacional, mantener la polarización en el debate público con el presidente Mauricio Macri, restarle relevancia a los rivales en el PJ y, eventualmente, volver a pelear “desde afuera” su conducción. Cuánto de esto queda suspendido indefinidamente luego del episodio López es algo que todavía resta por determinar. Aunque las primeras movidas al interior del propio espacio provean algunas pistas de posibles respuestas.

2. LA MATERIALIDAD DE LO SIMBÓLICO. Las bolsas de dinero halladas junto a López tienen el efecto de realidad del hecho consumado. Como reguero de pólvora, el suceso impregnó los diálogos de ocasión más diversos durante los días posteriores y envalentonó, desproporcionadamente o no, a quienes hacía tiempo ligaban al anterior gobierno con hechos de corrupción, con la pretensión de validar, por carácter transitivo, todo lo denunciado al respecto. Pero tuvo en los propios el mayor impacto. Del descreimiento inicial, a cierta desazón. De la suspicacia respecto a los pormenores del hallazgo, al repudio generalizado a la figura de López. De la necesidad de escindir ciertas prácticas cuestionables de la pertinencia del proyecto político, a cierta insatisfacción (dicha o no) respecto de los argumentos esgrimidos por Cristina. Y de eso, a la necesidad de preservar su figura. La mística militante, construida a partir de la consustanciación con una causa y su razón histórica, es probable que haya quedado más o menos indemne entre su minoría intensa, entre su núcleo duro. Y quizá pueda retomar algo de su impronta a partir de ahí. Pero también es probable que se haya resentido más de la cuenta como aglutinador posible de nuevas invocaciones de cambio, de nuevas militancias. Nada definitivo. Muy cuesta arriba, sí.

3. LA DISPUTA POR EL SENTIDO. Respecto del “resto” de la sociedad, la cuestión es ciertamente más compleja. Mucho más cuesta arriba aún, diríase. La proliferación de vericuetos imprevisibles en la causa y la televisación en continuado de sus entretelones complica más las cosas, por cierto. Y esto más allá de los sectores más intransigentemente antikirchneritas. Cuánto invalida esto lo hecho por los anteriores gobiernos en términos de incorporación de derechos, defensa de un Estado presente, ampliación de ciudadanía y recuperación de algunas banderas que parecían olvidadas no queda claro todavía. La disputa por el sentido de ese pasado reciente y la posibilidad de reivindicar sin matices los trazos gruesos de esas políticas aparecen como apuestas posibles del colectivo kirchnerista. Y dependen tanto de la capacidad para preservar espacios no contaminados desde donde enunciar esa reivindicación como de la suerte que corra el gobierno de Macri, dispuesto a revertir el horizonte de sentido de muchas de aquellas políticas. Es cierto, algunos de esos actores puede que queden invalidados definitivamente como portadores de esa reivindicación o de esa crítica, pero la memoria histórica de ese pasado alberga también la posibilidad de una resignificación mucho más benévola con los Kirchner.

4. LA MARGINALIDAD COMO RIESGO. Las movidas en el universo peronista-justicialista no se hicieron esperar. Traían la inercia propia de una maquinaria de poder disciplinada con quienes logran la ascendencia adecuada y más indócil con los liderazgos que evidencian cierto desgaste en el ejercicio de ese poder, y el caso López abrió el grifo para nuevos pases de factura. La pérdida por parte del bloque del Frente para la Victoria de la primera minoría en la Cámara de Diputados servía como antecedente, con la deserción de algunos exfuncionarios como Diego Bossio entre los “adelantados”. La conducción del PJ, despojada del kirchnerismo más consustanciado, lo mismo. Y la secuencia de declaraciones de dirigentes con distinto grado de responsabilidad durante la década y cuarto anterior, o bien desligándose del entramado de poder precedente o bien negando pertenencia al kirchnerismo, una vez producido el hecho, hizo lo suyo para subrayar esa debilidad creciente. Que el juego de los gobernadores (sin liderazgos claros, pero con algunas figuras con cierta relevancia), decididos a persistir en el buen diálogo con el Gobierno, amenaza con acentuar. Y que Sergio Massa y su Frente Renovador pretenden capitalizar. El riesgo del FpV de quedar atrapado en los márgenes del sistema político, como identidad y como fuerza residuales, sin posibilidades concretas de expresar a nuevas mayorías, resulta más cierto que nunca. Aunque logre trascender esta coyuntura. Aunque consiga perdurar.

5. UNA DISCUSIÓN DE FONDO. El caso López, más allá de la carátula judicial que finalmente tenga o de la imposibilidad de pensarlo como otra cosa que no sea un episodio de corrupción ciertamente grave, también puso en el debate público la cuestión de las lógicas (espurias) de financiamiento de la política. A modo de descripción, por parte de algunas lecturas. Y hasta de cierta justificación (inadmisible) por parte de otras. La incapacidad o ausencia de voluntad política (en el mejor de los casos) de una fuerza que se pretendió transformadora para no cambiar las reglas de financiamiento muestra una de sus limitantes (también, en el mejor de los casos) y abre el camino para un debate que no tiene posibilidades de éxito si no atraviesa el sistema político. El fantasma de la crisis de representación de hace década y media y el avance de cierto discurso antipolítico (por fuera incluso del usufructo del PRO) hacen necesaria una discusión menos hipócrita y más sofisticada del tema. La matriz bastante arraigada y a trasmano de lo lícito en la relación entre Estado y buena parte del sector privado, también.

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