Santa Fe, prueba piloto

(Columna de Néstor Gabriel Leone)

El PRO pretende “fidelizar” al radicalismo en su estrategia nacional. El Frente Progresista ya siente el impacto.

Los tiempos tienden a acelerarse. Aun en su lugar común, la frase tiene esta vez donde anclar. En Santa Fe, por cierto. Y como parte de las discusiones cruzadas que protagonizan por estos días las fuerzas que componen el Frente Progresista Cívico y Social, gobierno de la provincia desde 2007, y el oficialismo nacional, con el PRO como experiencia emergente y de buena performance a nivel local, y el radicalismo, con pertenencia bifronte hasta aquí. La exigencia cada vez más explícita del macrismo hacia sus aliados para que unifiquen lealtades, con las elecciones legislativas de 2017 como horizonte, movió el tablero. Las declaraciones de José Corral, presidente de la UCR e intendente de Santa Fe en el Frente con los socialistas, respecto de la necesidad de asumir como propia la estrategia de Cambiemos, sumaron tensión.

El cuadro de situación tiene su complejidad, por cierto. Cambiemos es más un acuerdo parlamentario que una coalición de gobierno. Además, claro, de haber sido un instrumento eficaz en términos electorales, en un momento determinado. En ese sentido, la disciplina del interbloque en el Congreso no mostró fisuras ni intersticios, incluso en la adversidad. Y le ofreció cobertura política a las medidas más duras de gestión. Pero resulta insuficiente. Lejos de las mayorías deseadas, y en una situación de negociación permanente, precaria y endeble, coyuntural y costosa. De ahí que la suma adicional de escaños en las elecciones de medio término y la capacidad de afianzar su estructura nacional resulten prioridades de su proyecto de poder. Casi tanto como encaminar algunas variables económicas o restablecer cierta normalidad (más o menos regresiva).

Santa Fe, en ese sentido, tiene su importancia. No sólo por ser el cuarto distrito en términos demográficos, ni por ser el tercero en términos de aportes al producto bruto. También como prueba piloto. El buen desempeño del PRO en la provincia sirve como antecedente. Pero no entusiasma tanto como la posibilidad de “fidelizar” al radicalismo en el armado nacional.

Cierto desgaste del Frente Progresista, luego de casi nueve años de gestión y victorias muy reñidas, sumado a algunas mezquindades que le endilgan al Partido Socialista como socio más beneficiado, operan como condiciones para esa posibilidad. Que el Ejecutivo Nacional parece no estar dispuesto a dejar pasar. Y que pone al gobierno de Miguel Lifschitz en estado de alerta y en la difícil tarea de contener a buena parte del radicalismo local de su lado sin ceder, a la vez, demasiado en el intento.

EXPERIENCIA

El acuerdo entre socialistas y radicales tiene su historia en la provincia. Se remonta a mediados de los años noventa, cuando el peronismo local parecía imbatible, Ley de Lemas mediante. De hecho, precedió largamente a la Alianza, con algunas variantes en su denominación, tanto como sobrevivió a su colapso, prácticamente sin magullones. Cuando los lemas se convirtieron en parte del pasado, Hermes Binner lograría ganar la provincia para el Frente. Con aquella vieja coalición ya madura en términos de acumulación de experiencias, pero también con algunas tensiones a cuestas. Que no impidieron que se sostenga en el tiempo, por cierto. Pero que generó ciertos resquemores en algunos sectores del radicalismo. Por espacios de poder en la coalición de gobierno. Por la preponderancia socialista en la definición de los roles, legitimada por los votos la mayoría de las veces. Es cierto, la UCR pudo colocar dirigentes propios como vice en las fórmulas a gobernador. Aun cuando compitiese con candidaturas propias en las primarias y fuese derrotado. Por caso, la exfiscal federal Griselda Tessio, hija del último gobernador radical que tuvo Santa Fe, Aldo Tessio, fue la compañera del binomio que encabezara Binner. Y Jorge Henn tuvo a su cargo acompañar a Antonio Bonfatti en el segundo mandato del Frente. Pero no siempre resultaron suficientes. La derrota del expresidente del partido, Mario Barletta, ante Lifschitz, en el contexto de la conformación de Cambiemos trajo el primer alerta amarillo. Que pareció intensificarse con la victoria reñida sobre el candidato del PRO, Miguel del Sel. A pesar de que el radical Carlos Fascendini sea el vice de Lifschitz y que un dirigente joven del partido como Maximiliano Pullaro ocupe un ministerio clave de su gobierno.

DESENCUENTROS

La decisión del Ejecutivo Nacional de sumar a la UCR, de manera integral, en la estrategia de Cambiemos tuvo uno de sus capítulos más relevantes a fines de mayo, con el desembarco del jefe de Gabinete, Marcos Peña, en la ciudad capital. Una directiva precisa acompañó su llegada: la necesidad de ganar la provincia para Cambiemos. Y una advertencia cinceló los ánimos: los riesgos para el futuro de la coalición si el radicalismo seguía en su pretensión de resguardar sus acuerdos con el socialismo. La distinta caracterización respecto del Gobierno Nacional (y también del provincial) acentuó los clivajes en el partido. Y dejó claro los bandos. La declaración del intendente Corral, el lunes 6, respecto de que el partido “irá a la elección legislativa de 2017 a acompañar la propuesta del Presidente”, aunque “con perfil y candidatos propios”, mostró quien lidera una de esas fracciones.

Entre los críticos del acuerdo electoral con el PRO a nivel local están los mencionados Fascindini y Pullaro, encuadrados en la corriente interna Nuevo Espacio Organizado. Apuestan a consolidar el Frente y ganar terreno en la gestión. Y también advierten. Por ejemplo, respecto de los riesgos de quedar atrapados en las dificultades de la gestión de Mauricio Macri, sin beneficios de inventario demasiado claros, y respecto de los peligros del partido de quedar deglutidos ante una estructura nacional en ascenso. El hecho de que el PRO no tenga figuras taquilleras para reemplazar a Del Sel como candidato en la provincia (Federico Angelini, Roy López Molina o Anita Martínez, son los aspirantes), por otra parte, entusiasma a unos y otros. Por diferentes motivos. Para Corral (y Barletta, por cierto) podría significar una oportunidad para pelear por Cambiemos la provincia. Para los frentistas, una muestra de las potenciales en baja del PRO y la chance de aventar los tropiezos. Las críticas en ascenso de Lifschitz respecto del gobierno de Macri, por cierto, es probable que tengan que ver con esto. Además, claro, de miradas distintas sobre la realidad política. La consolidación de su gobierno como espacio de encuentro de diferentes tradiciones, también.

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