Resistencia e integración

(Columna de Néstor Gabriel Leone)

Los movimientos sociales atraviesan el desafío de preservar sus estructuras y no quedar neutralizados en el intento.

Una fotografía generó las primeras idas y vueltas. En ella se lo veía a Emilio Pérsico, referente del Movimiento Evita, entre funcionarios del gobierno de Cambiemos, en un acto encabezado por el presidente Mauricio Macri, en el partido de Almirante Brown. El motivo del encuentro era el anuncio de un plan de viviendas. Y la presencia del dirigente allí, aunque alejado del centro de la escena, no podía pasar desapercibida. La imagen se replicó en medios y redes sociales, y tuvo una multiplicidad de interpretaciones posibles. No siempre desprovistas de chicanas y apreciaciones apuradas. Y, por cierto, muecas de incomodidad y algunos reproches de parte de viejos (y no tan viejos) compañeros de ruta.

Los recelos le dieron poco lugar a las explicaciones del caso. La firma de un convenio para la construcción de nuevas unidades habitacionales, en el marco del Programa Argentina Trabaja, con las cooperativas de trabajo de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, a la que pertenece el Evita, por ejemplo. Y bastante más al lugar de resistencia que se le confiere (y se le exige) a la organización. Más a tono con las declaraciones posteriores de Fernando “Chino” Navarro, de fuerte impronta opositora y sin resignar protagonismo en las calles como modalidad de protesta. Y, menos, con la admisión de que el Evita mantiene negociaciones “permanentes”, “desde el primer día”, con funcionarios del Gobierno.

La necesidad de preservar el trabajo social acumulado y, de alguna manera, resguardar la supervivencia de las organizaciones mismas atraviesa parte de las preocupaciones del Evita y de otros movimientos sociales, más o menos vinculadas a la anterior gestión. Más aún, en un contexto de donde los recursos del Estado parecen ajenos, extraños y más escasos. A su vez, el deterioro de la situación social, en segmentos en los que la pobreza estructural ya era un piso estimable, genera nuevos desafíos. Que se suman a otros, más ligados a estrategias políticas, caracterizaciones sobre la etapa anterior y diagnósticos sobre la naturaleza misma del nuevo gobierno. Donde la resistencia no signifique quedar neutralizados en el intento.

RECORRIDO

Estos movimientos sociales tuvieron sus orígenes en los años noventa. En su segunda mitad, en la mayoría de los casos. Como actores replegados a una tarea defensiva y territorial, de subsistencia, frente al largo proceso de deterioro del tejido social. Con escasa o nula acumulación en el terreno político; aunque con experiencia (dispersa) en el terreno social. Y con pocas mediaciones y recursos institucionales (o, incluso, en contra de éstos), entre tanta intermitencia. Desindustrialización, precarización de las relaciones laborales y desocupación eran las secuelas interrelacionadas de ese proceso. Crisis de representatividad creciente y fragmentación social, otras condiciones de posibilidad.

Luego de la eclosión de 2001, el kirchnerismo tuvo la temprana capacidad para procesar algunas de sus múltiples y contradictorias demandas. Apropiándose de algunas, acotando otras y obturando las restantes. La confluencia lograda con esos movimientos (no todos, claro; pero sí buena parte de aquellos) le permitió ampliar su base de sustento y “calmar” la calle. Con recursos tangibles para “empoderar” a sus núcleos más receptivos y una actitud más permisiva hacia los focos de protesta remanente. Y el señalamiento permanente del carácter más “clientelar” o la acusación “cooptación” por parte de la dirigencia opositora.

Cuando la situación del país adquirió cierta normalidad (circa 2005-2006), la relación que intentó priorizar el kirchnerismo fue con los sindicatos. Como parte de su apuesta por ampliar alianzas, y por las consecuencias concretas de la reactivación económica en términos de empleo creciente y conflicto distributivo. Pero sin resignar recursos ni atención hacia aquellos actores. En términos de planes sociales, pero también de cooperativas de trabajo, espacios en el organigrama del Estado y pertenencia al núcleo duro kirchnerista. Es cierto, algunas organizaciones que habían formado parte de ese proceso (Barrios de Pie, Libres del Sur) se alejaron con críticas, pero muchas otras persistieron hasta el final del ciclo político.

LOS DESAFÍOS

El gobierno de Cambiemos tuvo sus encuentros con el Movimiento Evita y con otros movimientos sociales. Y tiene sus propios referentes, con presencia mediática importante. Por caso, la presidenta del comedor comunitario Los Piletones, Margarita Barrientos, y el fundador de la cooperativa La Juanita, Héctor “Toty” Flores. Pero advierten (sus dirigentes más atentos, por lo menos) que lejos están de ser suficientes para avanzar en un terreno pedregoso y ciertamente adverso. Las políticas de “sinceramiento” aplicadas hasta aquí trajeron sus cimbronazos en un tejido social ya percudido. Y está en veremos cuánto pueden aportar la serie de iniciativas sociales, todavía de alcance impreciso y eficacia aún en ciernes, con la que se pretende mitigar aquellos efectos.

Por eso, la vía de ofrecer una mayor contención política aparece como necesaria. Y con ella, la de tender puentes con organizaciones territoriales y neutralizar, de alguna manera, las protestas sociales que puedan retroalimentarse a través de ellas. Estas organizaciones, con tendido diverso (sobre todo, en el Conurbano, el lugar que más preocupa al oficialismo) y presencia concreta en la vida cotidiana de los barrios más vulnerables – piensan en el Gobierno–, pueden convertirse en diques de contención o canales para hacer más efectiva la ayuda social. Aunque no puedan asegurar, ni de un lado ni del otro, que la buena relación prospere, incluso en la diferencia. Ni que la confrontación por recursos, espacios y el trabajo en el territorio trascienda más allá de la negociación de partes. El proceso de debate y recomposición que tenga el peronismo durante los próximos meses, seguramente, tendrá impacto en este proceso. También la torpeza (prejuicios incluidos) que Cambiemos logre desmontar en el camino. Pero, sobre todo, tendrá su aporte decisivo la derrota o no de la inflación y, en el mismo sentido, la reversión de las principales variables económicas y sociales, con signo negativo en alza desde la asunción de Macri. Allí, el nudo en cuestión.

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