La candidatura de Malcorra

(Columna de Tomás Múgica)

Las expectativas, tanto sobre su triunfo como sus implicancias, deberían ser moderadas. Pero el intento vale la pena.

Tras semanas de especulaciones políticas y giras internacionales para sondear su candidatura, el Gobierno argentino postuló oficialmente a la canciller Susana Malcorra para la Secretaría General de la ONU. El viernes 20 de mayo Mauricio Macri envió una carta al presidente de la Asamblea General, el danés Mogens Lykketoft y al saliente Secretario General, el coreano Ban Ki-moon, postulando a la ministra para el cargo. Pocos días después, Macri respaldó públicamente la candidatura en una conferencia de prensa, junto a Marcos Peña, Gabriela Michetti y la propia Malcorra.

De acuerdo a la Carta de las Naciones Unidas, el Secretario General es el “principal funcionario administrativo” de la organización, es decir, el encargado de llevar adelante el día a día de la ONU. En ocasiones puede asumir un perfil más político. Puede, por ejemplo, llamar la atención del Consejo de Seguridad sobre asuntos que a su entender amenacen la paz y la seguridad internacionales. Dura cinco años en sus funciones y no hay límite en cuanto al número de mandatos, aunque ninguno de los ocho secretarios ha permanecido en el cargo más de dos períodos. Existe, además, una regla informal por la cual la Secretaría rota entre regiones. El turno siguiente sería el de Europa del este, que nunca ha tenido un Secretario General (al igual que Oceanía) El único proveniente de América Latina fue el peruano Javier Pérez de Cuellar (1982-1991).

La llave del nombramiento, como la de todas las cosas que importan en la ONU, está en manos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. De acuerdo a lo previsto en la Carta, el Secretario es nombrado por la Asamblea General sobre la base de la recomendación formulada por el Consejo. En términos prácticos, esto significa que el candidato propuesto debe lograr primero una mayoría en el Consejo, incluyendo el voto positivo (o no veto) de sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Si lo logra, pasa a la consideración de la Asamblea, donde también deberá lograr una mayoría.

Además de Malcorra, hay otros nueve nombres –cinco varones y cuatro mujeres– en danza. Se destacan la búlgara Irina Bokova, actual Directora general de la UNESCO; Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda y actual directora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Antonio Guterres, ex primer Ministro de Portugal y ex Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. Siendo Europa del Este la región favorita en esta elección, a la búlgara Bokova se suman candidatos de Croacia, Eslovenia, Moldavia, Montenegro y Serbia. Nuevos candidatos podrían agregarse, como la Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, la mexicana Alicia Bárcena, o la canciller colombiana María Angela Olguín.

Una intención proclamada por gran número de Estados y por el propio staff de la ONU en esta ocasión es que el proceso de elección del secretario sea más abierto y trasparente de lo que ha sido hasta el momento. Por ello incluye comparecencias de los candidatos ante la Asamblea General, en las cuales deberán exponer sus visiones sobre un conjunto de temas relevantes para la ONU, como refugiados y uso de la fuerza. Malcorra se presentará durante el mes de junio. También hay una demanda creciente para que la Secretaría recaiga en una mujer por primera vez en la historia.

Frente a la candidatura de Malcorra se imponen al menos tres preguntas. ¿Qué implicancias tiene su eventual nombramiento como secretaria general para la política exterior argentina; es la ministra una buena candidata, y es adecuado el manejo que el Gobierno le está dando a este tema?

En principio, un eventual nombramiento de Malcorra como Secretaria General sería una buena noticia para nuestro país. Pero no porque ello brinde a la política exterior argentina un instrumento de poder duro adecuado para resolver cuestiones centrales de la agenda externa como, por ejemplo, la disputa territorial por Malvinas (en la cual la ONU ha sido el foro diplomático más utilizado por Argentina). No hay que olvidar que el Secretario General es un funcionario de la organización, es decir, que no representa al país del cual es nacional. Y que la organización está controlada por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Los beneficios en todo caso serían difusos e intangibles, y se relacionan con el prestigio que para el país deviene del hecho de que una ciudadana suya llegue a un cargo de esa trascendencia. La  ONU es una organización declinante y cuestionada en los hechos, tanto por sus miembros más poderosos –que usan la fuerza por fuera de sus mandatos– como por los países emergentes, que la señalan (al menos en su estado actual) como reflejo de una distribución del poder mundial que no existe más, como expresión de un orden internacional superado. Conserva, sin embargo, un alto valor simbólico que no debe ser desdeñado. En suma, el ascenso de Malcorra sumaría “poder blando”, útil si hay una estrategia coherente de política exterior que sepa aprovecharlo. Nada extraordinario, pero tampoco algo despreciable.

Malcorra es una buena candidata. Cuenta con dos puntos importantes a su favor: primero, conoce muy bien el sistema de Naciones Unidas, ya que fue jefa de Gabinete del actual secretario. Segundo, es mujer, un activo teniendo en cuenta que los ocho secretarios que hubo hasta el momento fueron varones. Claro que no es la única con esas ventajas, ni tampoco la candidata más fuerte, al menos en principio. Sus posibilidades podrían crecer si hay vetos cruzados, por ejemplo, entre Estados Unidos y Rusia.

En cuanto al manejo que el Gobierno ha hecho de su candidatura, vale señalar tres puntos: primero, en su búsqueda de votos, no debería caer en la tentación de resignar posiciones, o manifestar ambigüedades, en  cuestiones importantes de nuestra agenda externa. El paso de Malcorra por Gran Bretaña y sus declaraciones señalando que la política exterior argentina estaba “sobrefocalizada” (overfocused) en Malvinas deben ser examinados críticamente a esa luz. Segundo, el Gobierno debe trabajar activamente para lograr un apoyo de los demás países latinoamericanos a la candidatura de Malcorra. Tercero, el Presidente debería convocar al conjunto de las fuerzas políticas, especialmente a los bloques con mayor peso en el Congreso, a apoyar la candidatura de la canciller. Sería un gesto sensato de parte de la oposición dar su apoyo, sin dejar de lado las críticas que puedan surgir respecto al manejo del proceso.

La carrera está en marcha. Las expectativas, tanto respecto a las chances de triunfo como al significado real de una eventual elección de Malcorra, deberían ser moderadas. Pero el intento vale la pena.

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