Amado: “Nadie pasa todo el día pendiente de la televisión, excepto los políticos”

En diálogo con el estadista, Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales (Flacso), especializada en temas de comunicación pública y medios (y docente e investigadora en Argentina y profesora visitante en Latinoamérica y España) habla de su nueva criatura editorial y se mete en el barro de la coyuntura. Pase y lea.

Acaba de llegar “Política Pop. De Líderes populistas a telepresidentes” a las librerías. ¿Qué la estimuló a escribirlo?

Durante todos estos años leí muchos análisis sobre lo que estaba pasando en América Latina y muchos estaban basados en conceptos de comunicación que habían sido refutados hacia varias décadas. Muchos de esos mitos de los que hablo en el libro han llevado a estos gobiernos tomaran decisiones muy equivocadas. Por ejemplo, creer en un gran poder de los medios los hizo destinar mucho dinero a armar televisoras, radios y diarios y concentrar sus esfuerzos de comunicación en esos canales del siglo pasado. Hoy se comprueba la falibilidad de esa estrategia porque no sirvió para desplazar los medios de entretenimiento ni para consolidar confianza en la política más allá del círculo de convencidos. Para peor, nunca habían escuchado las quejas ciudadanas porque siempre miraron con recelo la nueva cultura de comunicación en red.

Los políticos, y sus equipos cercanos, están cada vez más dependientes de los medios y su imagen y, como dice usted, “de entretener”. ¿Cuáles son los costos de esa obsesión y cuál es la variable de ajuste de ese excesivo interés?

Esa es una obsesión del siglo pasado, que persiste simplemente porque la alternativa para reconstruir la confianza en la política implica una renovación de figuras y métodos que los políticos no quieren afrontar. Entonces, siguen insistiendo con el personalismo y la mediatización. Pero ya tenemos casos suficientes para entender que la política del espectáculo lo que tiene de intenso lo tiene de efímero, por eso, aunque sirva para lanzar al estrellato a un político, no le garantiza una base de sustentación por mucho tiempo, porque ese es el principio del entretenimiento, su corta duración. Nadie pasa todo el día pendiente de la televisión, excepto los políticos.

En las últimas semanas se instaló el debate sobre cómo comunica el nuevo Gobierno. ¿Cuál es su visión sobre cómo comunica y por qué se instaló ese debate?

Una de las tesis de mi libro es que la política pop se instaló porque esa es nuestra cultura y nos sentimos a gusto con los personajes populares de televisión, y eso es lo que muchos extrañan de la comunicación del gobierno. Pero la demanda del grupo informado, más pendiente de los medios y las noticias, no es la de la mayoría de los latinoamericanos, la mitad de las cuales no lee los diarios ni ve señales de noticias. Mejor comunicación no es más mensajes en los medios o en las redes, sino soluciones concretas en lo cotidiano. Mientras no existan esas soluciones, ¿se puede comunicar lo que no hay? Ese es el problema en que se enfrenta un gobierno que recién empieza y el riesgo es volver a caer en el error de que el mensaje puede reemplazar el hecho.

El Gobierno parece menos obsesionado con lo que dicen los medios y apuesta a un diálogo más abierto con la ciudadanía, por ejemplo, mediante el formato de las conferencias de prensa. ¿Es sostenible este modus operandi o se verá eventualmente obligado a cambiar?

Que esté menos obsesionado con los medios y en tenerlos de oponentes no significa que esté menos pendiente. Los funcionarios pasan muchas horas del día atendiendo la prensa y dando entrevistas, sacándose fotos para subir a la redes, filmando videos para su canal de YouTube. En otros países eso se soluciona con una conferencia de prensa periódica donde pregunten todos los medios un rato y después los funcionarios vuelvan a gestionar, que es para lo que los votaron, y los medios a investigar y contextualizar lo que dijeron, no solo a transcribirlo. Pero la tentación para los funcionarios de estar en con tinuado en las pantallas es muy grande, tanto como para el periodista ser un mero comentarista. El periodismo debe aprender a buscar la información más allá de las declaraciones de los políticos. De hecho, hoy el gobierno no necesita cortar la transmisión para la cadena nacional porque de todos modos todos los canales transmitirán esa imagen, muchos sin investigar ni aportar fuentes alternativas. La mejora de la calidad de la comunicación pública requiere más transparencia en los funcionarios, más curiosidad y rigor en el periodismo y sociedades más comprometidas con la información. No es un asunto de uno solo actor social.

En una entrevista reciente, dijo que hay que “sacarse el chip del populismo”. ¿Cómo se hace y sobre quiénes recae la responsabilidad?

Creo que las sociedades se dieron cuenta antes de que la política de que el sueño terminó. Las inundaciones, los terremotos, la emergencia sanitaria y alimentaria muestran el nivel de urgencias de nuestros países más allá de lo que digan los medios. Sin embargo, seguimos pensando que el tema es una cuestión de mensajes seductores y no de soluciones concretas y definitivas. Ese es el límite del populismo: la realidad.

¿Cómo puede entenderse el surgimiento de Donald Trump en EE.UU. y su sorprendente performance electoral?

La clase política mundial sigue aferrada a sus viejos modelos y no ofrece la renovación que la sociedad pide. En esos contextos, los líderes pop como Trump son seductores porque vienen a criticar a los políticos de siempre y a prometer con demagogia el bienestar cada vez más esquivo para los pueblos. Si uno ve la política pop como un modo de comunicar, más allá de la ideología política tradicional, puede encontrar más coincidencias de las que nos gustaría reconocer entre esos líderes y los que alguna vez nos prometieron que ellos también iban a renovar la política y tomar las medidas populares que todos queremos

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