El rompecabezas de la renovación

Por Joaquín Múgica Díaz

El proyecto que los dirigentes peronistas comenzaron a diseñar para iniciar la reestructuración del PJ no tiene lugar para las visiones más radicalizadas de La Cámpora.

«La identidad no es una pieza de museo quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”, apuntó en un papel en blanco el escritor uruguayo Eduardo Galeano. El peronismo sabe de eso. La identidad que Cristina Fernández quiso imprimir al PJ –pieza central del armado político que gobernó entre 2003 y 2015– comenzó a desmoronarse luego de que la exmandataria dejara el poder en diciembre.

El 13 de abril, bajo una incesante lluvia, los dirigentes y militantes de la agrupación kirchnerista La Cámpora volvieron a respirar frente a los Tribunales Federales de Comodoro Py. Luego de estar tres meses recluida en su casa de Río Gallegos, la expresidenta retomó el protagonismo en la escena política. Una multitud se movilizó hacia los alrededores del despacho donde declaró ante el juez Claudio Bonadío como imputada en la causa de dólar futuro. Los integrantes del espacio que lidera Máximo Kirchner fueron los encargados de armar la logística y garantizar parte de la movilización para apoyar sus apariciones públicas en Buenos Aires.

Cristina regresó para frenar posibles filtraciones de dirigentes nacionales y provinciales que, hasta el momento, le responden. De este modo, evitaría que se continúe dañando el poder territorial y real del kirchnerismo. La Cámpora, aún con la enorme protección de la expresidenta, y su apoyo político y financiero, ha demostrado en los últimos años no tener poder electoral. En este nuevo escenario sus integrantes han quedado en el medio de paredes de hielo creadas por Cambiemos y por el peronismo no kirchnerista. El aislamiento de la agrupación ultra kirchnerista amenazó la estructura política que empezó a construir Néstor Kirchner hace más de una década y Cristina, con buen olfato, volvió para evitar que lo que queda del poder obtenido y concentrado durante doce años se derrita con el primer sol de otoño.

El protagonismo pasajero de la exmandataria llegó después de un principio de año difícil para la agrupación. Parados en la vereda de la oposición, los dirigentes que le responden sufrieron importantes reveses legislativos y empezaron a sentir el viento frío de la desolación. En pocas semanas recibieron fuertes golpes que movieron los cimientos de poder.

La división del bloque de diputados nacionales, que generó la pérdida de catorce legisladores, encabezados por el ex director de la Anses Diego Bossio se convirtió en una herida sangrante de cicatrización lenta. Luego llegó el acuerdo del Gobierno con los holdouts, que no pudieron frenar en la Cámara Baja y la ausencia de integrantes de La Cámpora en la lista de unidad para las elecciones en el Partido Justicialista.

La postura radical del kirchnerismo y la falta de consenso interno llevó también a la fractura en la Cámara de Diputados bonaerense. Esta división fue irremediable luego de que José Ottavis renunciara como jefe del bloque, lugar que había asumido a partir del cambio de Gobierno. Su salida y la posterior separación generaron una nueva hendidura interna por donde se escapó parte del poder de La Cámpora.

Las señales de pérdida de fuerza fueron suficientes para que Cristina entendiera que tenía que retomar protagonismo público. La imposibilidad de formar parte de una lista de unidad en los comicios del PJ profundizó la brecha dentro del peronismo. La fórmula encabezada por el ex gobernador de San Juan José Luis Gioja y el ex gobernador de Buenos Aires y ex candidato presidencial Daniel Scioli apuesta a la unidad interna, la autocrítica y la reorganización de un espacio al que aún le duele la derrota electoral en manos del frente Cambiemos.

El proyecto que los dirigentes peronistas comenzaron a diseñar para iniciar la más radicalizadas de La Cámpora. Sus integrantes no encajan en el rompecabezas de la renovación. Ese sector del justicialismo aspira a ser una oposición más racional al Gobierno de Macri para hacerse cargo de las demandas populares. Algunos gobernadores creen que el futuro del PJ comienza a definirse en la elección legislativa del 2017 y que el tiempo que resta hasta esos comicios es el que tienen para discutir y descubrir el líder que los conduzca. Cristina ya no representa al peronismo y su poder dentro de ese espacio ha disminuido notoriamente. Su figura solo puede liderar al sector más radicalizado.

En un contexto económico complejo por las medidas tomadas por el Gobierno, en el PJ algunos dirigentes entienden que la reorganización del partido no puede esperar demasiado tiempo. Aún se deben discutir los lineamientos que se pretenden seguir en los próximos meses, pero lo que ha dejado en claro la mayoría es que el debate interno debe servir para unificar posturas antes de los comicios de mediano plazo. Es en esa elección en la cual divisan el verdadero renacer del partido luego de la dura derrota del 2015.

En el 2017 también puede estar uno de los objetivos de Cristina. Su vuelta a la función pública es un enigma pese a que antes de dejar la Presidencia aseguró que no competiría por ningún cargo. Su regreso plantea una duda sobre las inmediatas consecuencias. La división interna a la que se expone el justicialismo con su aparición pública parece beneficiar al Gobierno de Macri. Un peronismo con disputas abiertas y mantenidas en el tiempo es funcional a las negociaciones parlamentarias del oficialismo.

Hoy el PJ no tiene un líder. No es Cristina la llamada a esa convocatoria. Tampoco la agrupación que conduce su hijo. Ni siquiera lo es Scioli, el último aspirante a conducirlo desde el poder presidencial. Un nuevo jefe debe aparecer para liderar el histórico partido. Su nombre y apellido aún son una incógnita.

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