Apuntes sobre el peronismo que viene

Por Rubén Manasés Achdjian

El dilema del peronismo consiste en hallar la dirigencia más idónea para transitar el desierto. Para cualquier peronista cuatro años fuera del gobierno es mucho tiempo; y ocho representan casi una infinitud intransitable.

En nuestro país, la suerte del peronismo es una cuestión que, por una razón u otra, nos importa a todos, peronistas o no. Esto se debe, en gran parte, a un argumento de sentido común que prescribe que nadie en la Argentina puede gobernar teniendo al peronismo en contra.

En las últimas semanas, las maniobras hacia el interior del movimiento se han intensificado, luego de meses de transitar una especie de letargo. Las últimas intervenciones en el Congreso han agitado esas aguas aparentemente quietas.

Por un lado, el peronismo formal intenta reorganizar el Partido Justicialista excluyendo de él al kirchnerismo intransigente. Por otro, la expresidenta parece dispuesta a recuperar su liderazgo y a alinear a su tropa dispersa. Las motivaciones en uno y otro caso son de muy diversa naturaleza y merecen un artículo aparte.

Importantes analistas hablan en estos días acerca de un supuesto cisma entre un peronismo “dialoguista” enfrentado con un peronismo “combativo”. La historia demuestra que, cuando les toca estar en la oposición, a ambos les gusta golpear fuerte, pero –y he aquí la diferencia– los dialoguistas lo hacen sólo para poder negociar luego. Los combativos, en cambio, no pueden salirse de la lógica del golpe constante.

Hoy el dilema del peronismo consiste en hallar la dirigencia más idónea para poder transitar el desierto. Para cualquier peronista cuatro años fuera del gobierno significa mucho tiempo y ocho años representa casi una infinitud intransitable.

El peronismo en función de gobierno es otra cosa. Es mucho más previsible y, pese a su particular estilo de gestionar lo público, garantiza un aceptable margen de gobernabilidad. Esto se debe a que, desde sus orígenes, hizo propio el antiguo método del Unicato conservador del Siglo XIX, basado en el principio de que el Presidente de la Nación es, al mismo tiempo, el jefe indiscutido del partido y los gobernadores se alinean detrás de su figura, encuadrando a su vez a legisladores e intendentes. Todo esto sostenido, además, en un discutible, aunque eficaz sistema de premios y castigos.

EL RECUERDO QUE DA VOTOS

Julio Bárbaro, peronista histórico y agudo polemista, suele emplear en sus intervenciones una ingeniosa definición de su propia cosecha: el peronismo es solo un recuerdo que da votos.

Por cierto, el recuerdo peronista es difuso y polisémico. ¿A qué recuerdo recurre hoy un elector que sigue fiel al peronismo? ¿Al de los años felices de 1946-1955, al del regreso de Perón, al de la década menemista y/o al de la “década ganada”?

A setenta años de su irrupción en la escena política argentina y a más de cuarenta desde la muerte de su líder, los cientistas sociales aún debaten la extraña naturaleza que asume la memoria que perdura en este complejo movimiento. Lo que sí no deja duda alguna es que, aun difuso y polisémico, el peronismo sigue dando muchos votos.

Su capacidad electoral se renueva constantemente. Desde 1973 –cuando Perón volvió del exilio y arrasó en las urnas con el 62%– a la fecha, los votos peronistas han sabido mantenerse más o menos constantes dentro de un rango que oscila entre el 38 y el 40% de las preferencias del electorado. Aun en las dos elecciones presidenciales en las que el peronismo fue derrotado (en 1983, con Italo Luder y en 1999, con Eduardo Duhalde), nunca obtuvo menos de 6 millones de votos, un capital consolidado que ninguna otra fuerza política argentina posee.

La estadística electoral también nos ofrece un extraño fenómeno: el caudal electoral del peronismo se incrementó cada vez que éste enfrentó las elecciones dividido en dos o más alternativas. Esto fue lo que ocurrió en los años 1995, 2003, 2007, 2011, y también en 2015.

En 1995, cuando Carlos Menem logró su reelección presidencial, el conglomerado de propuestas electorales identificadas con una tradición política peronista obtuvo el 81% del total de los votos positivos emitidos. En ese conglomerado se incluye al menemismo puro, al FREPASO (que sostuvo la fórmula José Bordón- “Chacho” Alvarez) y también al MODIN, una versión algo aggiornada del nacionalismo peronista.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales del año 2003 la suma de los votos obtenidos entre Néstor Kirchner, Carlos Menem-José L. Romero y Adolfo Rodríguez Saá superó el 60% de las preferencias.

En el año 2007, cuando Cristina Fernández obtuvo su primer mandato presidencial, la suma de los votos obtenidos entre ella y Rodríguez Saá –las dos variantes peronistas que compitieron en aquel momento– superó el 50% de los votos emitidos.

En 2011, cuando CFK obtuvo su reelección por un volumen astronómico de votos que la impuso en primera vuelta, el peronismo en su conjunto –con Duhalde metido en aquella compulsa– obtuvo poco más del 70%.

En octubre de 2015, volvió a repetir esta misma performance: hubo tres alternativas electorales peronistas (Daniel Scioli, Sergio Massa y Rodríguez Saá, el eterno contendiente) que sumadas, obtuvieron casi 14 millones de votos (71,3% del total). Aun así, esta vez le tocó perder.

¿Qué sucedió en esta última oportunidad? El sistema de elecciones primarias, simultá- neas y obligatorias favorece, en teoría, la formación de grandes coaliciones cuyas facciones internas previamente dirimen sus diferencias internas para, luego, enfrentar unidas la contienda principal. Hasta ahora, el peronismo nunca ha logrado que todas sus alternativas participen en una misma primaria y que, luego, caminen juntas hacia la elección presidencial. De haber obrado así, sería invencible. Pero también es cierto que, al haberse presentado dividido ante el electorado, el peronismo logró evitar que las posibles fugas de votos fueran hacia otras coaliciones. En resumen: hasta las elecciones de octubre pasado presentarse dividido era, para el peronismo, una maniobra mucho más redituable que presentarse unido.

Lo que modificó esta lógica aparentemente invariable fue la posibilidad concreta que percibió el No peronismo de entrar en balotaje, un mecanismo al que jamás debió recurrirse en los últimos veinte años. El peronismo repitió una vez más su hasta entonces exitosa jugada, pero la oposición decidió modificar la suya: aun con diferencias programáticas profundas –muchas de las cuales comienzan a exteriorizarse ahora– las principales fuerzas de la oposición decidieron marchar unidas, lograron entrar en el balotaje, arrastraron a una parte de ese difuso electorado peronista y lograron, así, convertirse en gobierno.

¿QUIEN HABRA DE CONDUCIR?

En un reciente sondeo de opinión realizado por la consultora Giacobbe y Asociados (31 de marzo-1 de abril, 2.000 casos ajustados por cuotas de sexo, edad, región y nivel educativo) se les preguntó a los encuestados quién debería, en un futuro, liderar el peronismo.

El 26,4% señaló al gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, seguido en proximidad por el diputado Sergio Massa (21,1%) y por la ex presidente Cristina Fernández (20,7%). En un segundo lote, mucho más lejano, los encuestados revelaron sus preferencias a favor del ex gobernador cordobés José Manuel de la Sota (12,2%) y del ex gobernador bonaerense Daniel Scioli (7,7%).

Lo más sabroso del análisis surge cuando se analizan estos datos de acuerdo con la identidad partidaria de los encuestados. Casi uno de cada tres encuestados (29,5%) se definió como un ciudadano independiente. Del resto, el 16,5% reconoció adherir al PRO, el 15,6% se definió peronista, el 11,7% kirchnerista y el 10,2% radical. Entre los encuestados, la adhesión explicita al massismo fue de apenas el 2,6%.

Dentro del universo de los encuestados definidos como independientes, el 27,4% prefirió que el peronismo sea conducido por Massa, el 26% se inclinó por Urtubey y el 18,1% por De La Sota. Apenas el 9,9% de ellos consideró que Cristina Fernández debía volver a liderar el peronismo.

Entre los adherentes a Cambiemos (PRO+UCR), el 42,7% se inclinó por Urtubey y el 23,6% por Massa. Estas preferencias tienen una lógica propia: de algún modo, y a la luz del reciente tratamiento legislativo de los DNU y de la Ley de acuerdo con los holdouts, los partidarios de Cambiemos advirtieron que ambos dirigentes podrían garantizarle al Gobierno una oposición “racional y responsable”, si se quiere civilizada, en contraposición con otros referentes políticos territoriales y parlamentarios del Frente para la Victoria.

Dentro del universo de los encuestados peronistas, el 30,7% eligió a Scioli mientras que el 23,9% sigue prefiriendo a Cristina Fernández y, en menor medida, a Urtubey (20,3%).

En cuanto a los que se definen kirchneristas, la preferencia por CFK sigue siendo ampliamente mayoritaria (81,6%) aunque –y he aquí un primer dato que sorprende– el 15% se inclina por el liderazgo de Daniel Scioli.

Existe un pequeño conglomerado de identidades políticas (7,3% del total de encuestados) compuesto por apolíticos y partidarios de la izquierda y de la derecha duras. Dentro de este grupo heterogéneo, los encuestados se inclinaron por Massa (33,5%), CFK (25,5%) y en muy menor medida, por De La Sota (13,8%).

En todos los subgrupos considerados en la muestra, las preferencias hacia el diputado Diego Bossio, el ex ministro Florencio Randazzo o el gobernador sanjuanino José Luis Gioja son más que escasas. Dentro del universo total de casos, estos tres dirigentes –aun con sus mayores niveles de exposición pública– son ampliamente superados incluso por el sindicalista Gerónimo Venegas, lo cual denota que para nada mueven el amperímetro del peronismo.

LA GESTION DEL DESCONTENTO

Hoy el peronismo intenta recuperar la iniciativa. Muchos dirigentes dentro de ese espacio sostienen que la han cedido demasiado protagonismo al gobierno. Muchos de ellos saben, también, que un peronismo que no gobierna, languidece.

Entretanto, un sector de la sociedad –aún difuso, pero que comienza a manifestar cierto descontento– vuelve su mirada hacia esa eterna efigie política que hoy se encuentra inmersa en construir sus nuevos liderazgos o en renovar los viejos.

Desde hace setenta años, el ciclo político argentino recurre, una y otra vez, al peronismo en alguna de sus muchas variantes posibles.

Para algunos, los más fieles, porque “los días felices siempre fueron y serán peronistas”. Para otros, porque abrigan la creencia de que cuando las cosas se desmadran, el peronismo siempre garantiza algún sentido de orden: deseable, discutible, impugnable, pero orden al fin.

Como decíamos al inicio, más temprano o más tarde, la suerte que correrá el peronismo nos termina importando a todos. ¿Será, tal vez, porque sigue pareciéndonos certero aquel célebre apotegma de ese viejo general que sostenía que, en el fondo, “peronistas somos todos”?

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Una Respuesta a Apuntes sobre el peronismo que viene

  1. Groucho dijo:

    El artículo comete un error metodológico bastante usual en ciencias sociales, analiza el peronismo como si existiera en el vacío, o en una burbuja que lo aísla de la realidad. A partir de eso el análisis implícitamente asume que todo lo que pasa con el peronismo es pura y exclusivamente consecuencia de las acciones del peronismo. Para esa visión los errores y aciertos del país y del resto del espectro político no cuentan; el trabajo de Levitsky ya muestra claramente ese error metodológico, que invalida gran parte del análisis. Una anécdota atribuida a Perón describe bien la cosa: Durante el golpe del ’55, un ayudante le dijo a Perón “General, nosotros no vamos a poder volver nunca más”, a lo que Perón respondió “Si vamos a volver, no porque nosotros seamos buenos, sino porque ellos son peores que nosotros”.

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