2 de abril de 1916: el triunfo de Yrigoyen

(Columna de Fabián Bosoer y Santiago Senén González)

Con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912 se abrió un nuevo ciclo en el país en el cual el sistema político comenzó a reflejar los cambios operados en la sociedad.

Se acaban de cumplir cien años de los comicios que consagraron a Hipólito Yrigoyen como presidente, en las primeras elecciones con sufragio libre y obligatorio. El 2 de abril de 1916 se celebró esta primera elección nacional con la aplicación de la Ley Sáenz Peña, introducida en 1912, que consagraba el voto secreto, universal y obligatorio y le daba cabida a los partidos de la oposición. La Convención Nacional de la Unión Cívica Radical, partido fundado tras la revolución del Parque en 1890, había proclamado la fórmula Hipólito Yrigoyen-Pelagio Luna, después de rechazar por aclamación la renuncia a la postulación que había hecho el líder radical. Concluían quince años de resistencia y “abstención revolucionaria” frente al régimen conservador oligárquico. Los conservadores, agrupados en el Partido Autonomista Nacional –fuerza que había controlado hasta entonces los resortes de la sucesión llevaban en su fórmula a Angel Dolores Rojas y Juan Eugenio Serú. Se presentaban, además, el Partido Demócrata Progresista con la fórmula Lisandro de la Torre-Alejandro Carbó, y el Partido Socialista con Juan B. Justo y Nicolás Repetto.

Los argentinos pudieron votar por primera vez sin fraude y elegir libremente a sus gobernantes. De los casi 8 millones de habitantes que registraba el censo de 1914, estaban habilitados 1.189.254 empadronados y votaron efectivamente unos 745 mil. Quedaban fuera mujeres y extranjeros, que deberían esperar años para ganar su ciudadanía plena. Al finalizar la elección, comenzó un escrutinio que demoraría varias semanas. En los cómputos finales la UCR se había impuesto obteniendo 372.810 votos contra 154.540 de los conservadores, 140.443 del PDP y 56.107 del Partido Socialista. Con el 45% de los votos, Yrigoyen, a los 64 años, era virtualmente el nuevo presidente. El 26 de julio, el Colegio Electoral consagró ganadora a la fórmula radical por 152 electores, uno más de lo necesario, con el aporte de los radicales disidentes de Santa Fe que, a pesar de estar en frentados a Yrigoyen, le dieron su apoyo.

En ese contexto se realizaron los festejos por el centenario de la Independencia, mucho más sobrios que los de 1910. Los actos centrales serían en Tucumán, pero a Buenos Aires llegaron miles de turistas para presenciar los actos, que incluyeron desfiles militares y navales. Ese mismo 9 de julio el presidente saliente Victorino De la Plaza sufre un atentado: un joven anarquista le disparó un tiro que le pasa cerca de la cabeza, sin que el Primer Mandatario, que presidía el desfile, advirtiera el hecho. El agresor fue detenido, pero De la Plaza ordenó ponerlo en libertad.

Yrigoyen asumirá el 12 de octubre en medio de un gran entusiasmo popular. Se calcula que unas 100 mil personas acompañaron la asunción del nuevo presidente, que era aclamado en las calles pero no contaba con mayoría en el Congreso. La mayoría de las provincias estaba en manos de la oposición, que controlaba además la Corte Suprema y tenía el apoyo de los grandes diarios. El Senado estaba dominado por los conservadores: 25 senadores de esa orientación, 4 radicales y 1 socialista. El presidente sólo contaba con la primera minoría en Diputados (45 radicales, 38 demoprogresistas, 22 conservadores y 10 socialistas) y tres gobiernos provinciales: Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba. Los sectores conservadores recibieron la llegada de los radicales al gobierno como si se tratara de una revolución social. Pero no era sólo la llegada del radicalismo al gobierno: un vigoroso y extendido movimiento asociativo, compuesto por los sindicatos, cooperativas y mutuales, sociedades de inmigrantes, sociedades de fomento y bibliotecas populares, expresaba a esa sociedad emergente que le daba nueva forma a la Argentina moderna.

Uno de los principales objetivos políticos de Yrigoyen era la integración de las clases populares, incluida la mayoría de hijos de inmigrantes, y la ampliación de su base de poder. El Partido Radical era su principal herramienta pero los sindicatos eran un puente hacia la clase obrera para construir una base política más amplia. Prefería las relaciones personales e informales con ellos y en eso coincidía con los llamados “sindicalistas revolucionarios”, agrupados en la Confederación Obrera Regional Argentina, luego Unión Sindical Argentina (USA), diferenciados de los anarquistas y comunistas nucleados en la FORA. Por otro lado, los acontecimientos internacionales incidían fuertemente en la política nacional. No sólo por el fin de la Primera Guerra Mundial, durante la cual Yrigoyen había defendido la neutralidad, y por la Revolución Rusa de 1917, con sus repercusiones en los movimientos obreros y revolucionarios en Europa y América Latina. En junio del ‘18 se producía en Córdoba la Reforma Universitaria, que se irradiaría a América Latina.

El gobierno radical llevó adelante políticas de intervención en materia económica y social en defensa de los sectores más desfavorecidos. La legislación laboral–en su mayoría por iniciativa de legisladores socialistas–introdujo importantes avances en los derechos de los trabajadores: jornada de ocho horas; prohibición de trabajo nocturno y pago de salario en moneda nacional, reglamentación del trabajo de campesinos, mujeres y menores, creación de cajas jubilatorias. Las tarifas de los ferrocarriles operados por capitales británicos fueron reguladas, mientras que se crearon líneas férreas estatales. En 1922 fundó Yacimientos Petrolíferos Fiscales, empresa estatal destinada a explotar las riquezas energéticas del país. Pese a las iniciativas que favorecieron a sectores obreros y medios, su mandato se vio manchado por dos tragedias mayores: la Semana Trágica, en enero de 1919 en la Capital, y los fusilamientos en la Patagonia, en 1921, con centenares de fusilamientos y muertes por parte de fuerzas policiales y militares y grupos de extrema derecha alentados por los sectores patronales. Había llegado la democracia de masas a la Argentina, pero también se incubaba entonces el “huevo de la serpiente”.

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