Un nuevo capítulo de una vieja historia

(Columna de Tomás Múgica)

La visita de Obama ofrece una nueva oportunidad para discutir nuestro vínculo con Estados Unidos sin caer en las relaciones carnales de Carlos Menem ni en el alicate de Héctor Timerman.

Barack Obama y Mauricio Macri. Uno se está yendo del poder, el otro recién llega. Entre el 23 y el 25 de marzo escribirán un nuevo capítulo de una historia llena de altibajos. Está claro que sus intereses se intersectan, en cuanto a los beneficios de este encuentro. Para Obama, su presencia en Argentina (el único miembro del G-20 que no ha visitado durante su Presidencia) será la oportunidad de mostrarse cercano a un presidente, Macri, que simboliza un momento de cambio en una región que parece virar hacia posiciones más cercanas a Estados Unidos. Más aún, se trata de mostrar que el retroceso de los gobiernos antinorteamericanos es en buena parte mérito del enfoque de su administración en América Latina. Un enfoque que enfatiza el diálogo y el pragmatismo por sobre la confrontación y las posturas ideologizadas. El leading case que marcaría el éxito de esa postura es el restablecimiento de relaciones con Cuba, que según el Presidente norteamericano ha permitido mejorar considerablemente la imagen de Estados Unidos en la región. Desde la mirada de la administración demócrata, la llegada de Macri al poder sería otro indicio de que vale la pena ser paciente en la adversidad (léase el ascenso de gobierno críticos de Estados Unidos).

Para el nuevo Gobierno Argentino, la visita del Presidente norteamericano forma parte de una estrategia más general –lo que el oficialismo suele llamar “regreso al mundo”– que busca mostrar a Argentina como un país amigable para los inversores externos y previsible para los demás países, especialmente para aquellos con mayor influencia en el sistema internacional. Las visitas de Matteo Renzi y François Hollande y la presencia de Macri en el Foro de Davos son parte de la misma línea de acción. La presencia de Obama contribuiría entonces a legitimar esa imagen de responsabilidad y previsibilidad.

Preparando el terreno, en una entrevista con CNN, Obama se mostró tan crítico de CFK como elogioso de Macri. Cristina, dice Obama, llevó adelante políticas antiestadounidenses, envueltas en una retórica atrasada propia de los ‘60 y ‘70. Macri, en cambio, mira hacia el futuro, reconoce que estamos en una nueva era y tiene como objetivo brindar apertura, transparencia, competitividad y progreso. En ese clima amable, seguramente asistiremos a un “relanzamiento” de la relación con Estados Unidos, propio de cada cambio de ciclo político. Al respecto, siempre es conveniente recordar que desde 2003 nuestro país y Estados Unidos han mantenido una agenda positiva en temas sensibles, como la no proliferación nuclear y el perfil de las votaciones en la ONU. Dicho esto, la relación ha estado marcada por conflictos puntuales –recordar, por ejemplo, la oposición de Néstor Kirchner al ALCA en la Cumbre de Mar del Plata en 2005 o el débil respaldo de Obama en el conflicto con los fondos buitre– así como por una cierta tendencia a la sobreactuación por parte del Gobierno argentino.

Entre los temas más destacados, la agenda bilateral abarca inversiones, comercio, combate al narcotráfico, lucha contra el terrorismo, y democracia y derechos humanos. Un breve repaso: en cuanto a las inversiones, la energía ocupa un lugar central, fundamentalmente petróleo y shale gas –el acuerdo de 2013 entre YPF y Chevron es un importante primer paso– y energías renovables. También el Gobierno argentino buscará mostrar a nuestro país como un deudor fiable en los mercados financieros internacionales. En relación al comercio bilateral, Macri insistirá en una mayor apertura del mercado norteamericano –tercer destino de nuestras exportaciones– a los productos agroindustriales argentinos, algo históricamente difícil de lograr. También, por primera vez desde el 2003 se ha vuelto a mencionar un posible TLC (Tratado de Libre Comercio) con Estados Unidos, aunque según la canciller Susana Malcorra no se trata de resucitar el ALCA, sino que cualquier acuerdo de ese tipo debería darse en el marco del Mercosur. Algo similar al demorado acuerdo Mercosur-UE. El consenso interno –al menos en el corto plazo– parece difícil de lograr.

La agenda en materia de seguridad ocupará un lugar central en la visita. Se prevé incrementar la colaboración del Gobierno Argentino con la DEA, incluyendo una mayor presencia de agentes de ese organismo en nuestro país, así como acrecentar el intercambio de información de inteligencia entre ambos países. En materia de derechos humanos, se espera que el Gobierno norteamericano contribuya al esclarecimiento del rol de Estados Unidos en la dictadura, mediante la desclasificación de archivos secretos norteamericanos relacionados con ese período. La situación en Venezuela también es parte de esa agenda: se le reconoce a Macri su reclamo al Gobierno venezolano por la situación de Leopoldo López y otros presos políticos.

Reflexión final: la visita de Obama ofrece una nueva oportunidad para discutir nuestro vínculo con Estados Unidos. Sin caer en las relaciones carnales de Carlos Menem ni en el alicate de Héctor Timerman, creemos que es posible construir una relación que gire menos en torno a la retórica y más sobre los hechos concretos y los intereses comunes, que los hay. Siempre teniendo presente que para un país como Argentina, parece difícil ampliar los márgenes de autonomía internacional y construir un proyecto de desarrollo inclusivo a partir de un alineamiento estrecho con Estados Unidos (nuestros socios indispensables en esa tarea son nuestros vecinos, empezando por Brasil). Pero también sabiendo que ese proyecto se vuelve mucho más difícil si insistimos en posturas furiosamente antinorteamericanas. La cooperación y el conflicto forman parte de todas las relaciones interestatales, también de la relación argentina con Estados Unidos. Un país que, al menos por un buen tiempo, seguirá siendo ineludible para nuestra política exterior.

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