Una explicación sobre Trump

(Columna de Javier Cachés)

Cuando lanzó su candidatura, nadie lo tomó en serio. Pero lo improbable se volvió casi inevitable. ¿Por qué?

Cuando lanzó su candidatura, nadie lo tomó en serio. Aun cuando empezó a ubicarse bien en las encuestas nacionales, siguió siendo mirado de reojo por los políticos profesionales. Tras el encadenamiento de victorias en el inicio de las primarias, en el súpermartes y en las semanas recientes, lo improbable se volvió casi inevitable: Donald Trump marcha firme hacia la candidatura presidencial del Partido Republicano. No importa que la cúpula partidaria no lo apoye, ni que la organización territorial de su campaña sea escasa y su experiencia política, nula. “The Donald” cosecha votos, acumula Estados y suma delegados convencionales, convirtiéndose en la piedra en el zapato que incomoda al partido y al sistema político en su conjunto. ¿Cómo entender este fenómeno que puede alterar los cimientos de la política norteamericana? Una explicación es institucional, y remite al menor papel que están desempeñando las élites partidarias en el actual proceso de nominación presidencial. En el marco de estructuras débiles e indisciplinadas, los líderes de los partidos estadounidenses cuentan, no obstante, con importantes recursos para influir en las posibilidades de éxito de los candidatos. Los endorsements públicos, el financiamiento partidario y los delegados no electivos son los principales resortes estratégicos que les permiten a los notables del partido direccionar la competencia interna y hacer prevalecer sus preferencias. Los endorsements producen expectativas y confianza en la opinión pública respecto a los apoyos de un candidato; el financiamiento partidario contribuye a dinamizar cualquier campaña electoral y, finalmente, los delegados no electivos, al no estar atados a ningún candidato en la convención partidaria, pueden inclinar la balanza en una nominación disputada. Ahora bien, nada de esto parece estar dando resultado en la primaria republicana. Los endorsements del establishment del Grand Old Party no se tradujeron hasta aquí en votos según el sitio FiveThirtyEight.com, al cierre de esta nota, Marco Rubio recibía 67 adhesiones de representantes, senadores y gobernadores; Ted Cruz 30; John Kasich, 10 y Donald Trump apenas 7. La brecha entre las preferencias de los notables del partido y la base de votantes es evidente y nada indica que vaya a acortarse. En cuanto al financiamiento partidario, los Super PAC´s (Political Action Committee), que prácticamente quitaron los límites para los aportes privados de campaña, redujeron sensiblemente el poder de fuego de los líderes del partido, que ya no pueden manipular la oferta electoral determinando cuándo un candidato debe abandonar la carrera hacia la Casa Blanca. Este aspecto está complicando la coordinación de una campaña anti-Trump en torno a un político afín a las autoridades del partido: tras el abandono de Jeb Bush, las esperanzas se depositaron en Marco Rubio, quien hasta acá cosechó pocos triunfos y muchas decepciones. Los delegados no electivos, por su parte, pueden darle una ventaja a un candidato en una contienda peleada, pero de poco sirven cuando un aspirante llega a la convención partidaria con un mandato popular incontestable. Aunque necesaria, la influencia decreciente de las élites no es causa suficiente para entender el fenómeno Trump. Hay algo específico del clima político estadounidense que parece estar allanándole el camino hacia la nominación. Ese “algo” es el pronunciado malestar existente entre los votantes en general y los republicanos en particular hacia la clase polí- tica. En el marco de una recuperación econó- mica desigual, que ha reactivado la actividad productiva y vuelto a generar empleo pero sin una consecuente mejora en el nivel de salarios, Trump ha sabido capitalizar ese descontento, hablándoles a los norteamericanos que creen que los mejores días han quedado atrás (de hecho, su principal lema de campaña es “Make America great again”). Ante la desconfianza hacia todo lo que representan “los políticos de Washington”, ser un outsider se ha vuelto un atributo. Con un gran manejo de los medios de comunicación y un discurso que combina xenofobia con chauvinismo y demagogia, “The Donald” es quien mejor está sintonizando con los sectores más disconformes con el actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, la cristalización política de la crisis financiera de 2008 no sería Barack Obama, sino el excéntrico Trump. Con todo, el oriundo de Nueva York ha ido superando la prueba ácida de la diversidad demográfica y territorial que impone el complejo diseño de las primarias norteamericanas. Ganó en Estados ricos, del noreste y mayoritariamente blancos (Vermont, Massachusetts, New Hampshire); en distritos del Sur, pobres y con fuerte presencia de afroamericanos (Carolina del Sur, Alabama, Georgia), y también venció en el oeste, en Estados donde predominan los latinos (Nevada). Con esta acumulación de victorias, descartó la hipótesis que señalaba al escaso nivel de organización de su campaña en el territorio como un escollo hacia su nominación: el magnate inmobiliario se impuso en Estados con alta y baja participación electoral, bajo el método tradicional de primarias y mediante caucus. Trump simplemente gana y no para de ganar. Es cierto que Cruz ha conseguido hilvanar una serie de buenos resultados en algunos Estados evangélicos del mediooeste que le permiten presentarse como la única alternativa consistente de cara a la convención de julio. Pero para los jerarcas republicanos, que odian a éste tanto como a aquél, el senador de Texas es un problema antes que una solución frente al dilema que plantean las primarias. Tan delicado es el panorama para las élites del partido, que su máxima apuesta es arribar a la convención que se celebrará en Cleveland sin que ningún aspirante cuente con los 1.237 delegados necesarios para obtener la nominación, para así poder seleccionar un candidato proveniente de sus filas. Un fantasma recorre Estados Unidos. No es el de la revolución política propuesta por Bernie Sanders. Es el del creciente malestar del ciudadano promedio para con su clase dirigente. Una minoría intensa y enojada puede depositar en las elecciones generales a un candidato poco confiable para el partido y alejado del votante medio. Ese es el deseo del equipo de campaña de Hillary Clinton (la indefectible vencedora de la primaria demócrata), y la pesadilla de los líderes republicanos, que ven con estupefacción su limitada capacidad para reordenar su interna. Algo habrá cambiado en la política norteamericana si Trump obtiene la nominación presidencial. Su sombra amenaza con hacer crujir las estructuras del Partido Republicano y plantea severos desafíos para la democracia estadounidense. ¿Corre peligro de fractura el Grand Old Party? ¿Acompañarían los votantes republicanos una candidatura tan divisiva como la de Trump? Aún falta un largo trayecto por recorrer pero, a esta altura, todo puede pasar en Estados Unidos.

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