Campañas e ideología

(Artículo publicado en la edición nº36, antes de la segunda vuelta porteña)

Cuando la ideología captura todo, la palabra deja de ser instrumento de mediación y acercamiento.

Los resultados electorales de la Ciudad de Buenos Aires sorprendieron a todos, incluso al ganador. En realidad, no había tanto espacio para la sorpresa. Macri ya le había ganado a Filmus. Se repitió la escena, con otros decorados. Se ensayaron variadas explicaciones, como la gran polarización, las características del electorado
porteño, los errores de campaña, etcétera.

La otra cuestión que asomó es la ideologización. Incluso la ideología también fundamentó las sensaciones de “asco” que expresó un músico popular contra la mitad de los votantes de la Ciudad. Hace tiempo que vivimos una discusión sobre derechas e izquierdas que no aclara demasiado y una competencia casi infantil sobre quién es el sector más “progresista” y quién más “reaccionario”. Una guerra de etiquetas donde lo único asequible es la constancia de una polisemia de las palabras que envuelve a los contendientes, confunde a muchos y resbala por sobre la población.

El regreso de la ideología es festejado por quienes piensan que los noventa fueron
época de asepsia de ideologías. Aunque a veces las mismas voces expresan que el neoliberalismo fue la ideología que recubrió –y aún recubre– la falsamente inocente posición de la no-política. En realidad, el supuesto fin de las ideologías terminó siendo otra consigna de época. Ni la sociedad de la información ni la innovación tecnológica terminaron con las ideologías. Es más, las redes sociales potenciaron política e ideología.

Conviene, entonces, una reflexión sobre el tema. La ideología puede verse desde distintos enfoques y perspectivas. Desde la sociología del conocimiento se advierte que es un sistema de creencias condicionado socialmente y, a su vez, influye el modo en que la realidad es observada por los sujetos. Desde la política, la ideología implica un modo de comprender las relaciones sociales y de poder, mueve hacia la acción en pos de determinados objetivos y establece lazos de solidaridad entre sus seguidores.

La ideología es tan funcional como fundamental para la acción política. Cuando las ideologías las manejan los “políticos de profesión”, de alguna manera las licuan, las acomodan, las flexibilizan. El pragmatismo de los políticos vinculado a la cercanía o inmediatez con el poder, hacen de la ideología una herramienta más entre otras referidas a la gestión, la oportunidad y la conveniencia, la cooperación o la confrontación política.

El mentado “doble discurso” o las “desviaciones del modelo” –cualquiera fuera éste– es otro modo de expresión de esta vinculación. En las campañas electorales, según las estrategias, la ideología puede ocupar el centro del discurso o bien obrar de contorno difuso de temas incorporados como issues electorales supuestamente ajenos al prisma ideológico.

La ideología adquiere menor plasticidad cuando la encarna el aparato cultural –artistas e intelectuales incluidos–, que no pocas veces se esfuerzan en validar o justificar hechos que resultan controvertidos en relación a determinados valores y que son perpetrados por los ejecutores políticos. La ideología como discurso congela la visión sobre las motivaciones, comportamientos y posiciones de los actores del campo político y social. Y la contienda cultural puede transitar así un derrotero paralelo o superpuesto a la complejidad de la vida cotidiana.

¿Y qué decir de las ciencias sociales? Hace más de quince años el sociólogo Juan Carlos Agulla, investigador superior del Conicet, desarrolló una investigación que pretendió dar cuenta de la decadencia de la Argentina con una hipótesis sugerente en relación con el papel de las ciencias sociales en el período 1945-1995. Decía: “La investigación social en la Argentina, en general, ha tendido más a ocultar los problemas de la realidad social con un marco teórico ideológico, que a descubrirlos, explicarlos y solucionarlos de una manera científica y racional (…) las ideologías políticas son las responsables de la desubicación de la ‘íntelligentsia’ argentina con respecto a su realidad social porque han ofrecido soluciones teóricas y fáciles (y apetecibles) como paraísos terrenales (…) ofreciendo inicialmente ucronías salvíficas como recetas válidas, posibles y justas, muy propias del discurso ideológico de la época, sin una correcta y necesaria contrastación con la realidad social y sus problemas, como corresponde a la función científica de las ciencias sociales”.

Tanto el supuesto fin de las ideologías como su regreso parecen ser consignas al servicio de la disputa política y discursiva. La ideología –más allá de lo partidario– forma parte de un inevitable modo de conocer y decodificar el mundo complejo en que vivimos.

Hoy, el papel de las ciencias sociales y, en especial de la ciencia política, ha realizado un paso importante en la descripción y explicación de los fenómenos políticos, de acuerdo a parámetros más científicos que ideológicos. Pero la referencia citada puede
servir para quienes operan en el campo de la acción política y de su soporte cultural.

Como señalaba Agulla, las ideologías políticas son conflictivas, impidiendo el diálogo racional y sirven como justificación –ética– de la acción política y sus medidas concretas. En este sentido, si la ideología se ubica en el lugar central de la gestión y la acción política –tanto del gobierno como de la oposición– el diálogo será una cita imposible. Y si la ideología se localiza en el centro de las campañas electorales, la comprensión de los problemas concretos y los fenómenos sociales pasan a un segundo plano.

¿Es esto negar el papel de las ideologías? Por cierto que no, pues tener o no ideología no pasa por una actitud voluntaria –o consciente– sino que implica un modo de conocer y de estar en el mundo. Cuando la ideología captura absolutamente todo pensamiento y acción, la palabra deja de ser instrumento de mediación y acercamiento. Se convierte en pieza de división de un lenguaje no compartido que puede culminar hasta en la violencia.

Albert Camus establecía sugerentes diagonales entre democracia, república e ideología. Decía: “Demócrata, en definitiva, es aquel que admite que el adversario puede tener razón, que le permite, por consiguiente, expresarse y acepta reflexionar sobre sus argumentos. Cuando los partidos o los hombres están demasiado persuadidos de sus razones como para cerrar la boca de sus oponentes por la violencia, entonces la democracia no existe más. Cualquiera que sea la ocasión para que se manifieste la modestia, ésta es saludable para las repúblicas” (“Combat”, febrero de 1947).

Todavía no ha llegado la violencia, pero si su primer estadio: la violencia de las palabras. La modestia se administra con cuentagotas. ¿Significa todo esto negar alguna referencia alrededor de la cual establecer el debate y la discusión entre los actores políticos y culturales, incluso desde los distintos matices ideológicos? De ninguna manera.

El olvidado artículo primero de la Constitución es un punto de encuentro inevitable tanto de la acción política, del gobierno y de la discusión cultural: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa, republicana, federal”. Pero el contenido de este artículo de la Constitución es menos atractivo que los proyectiles ideológicos que se disparan en las anémicas campañas actuales.

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